Mi primer agente de IA me hizo dinero. Y no fue suficiente.
Varias voces y ventanas, pensamientos paralelos y el arte de no hacer todo al mismo tiempo
Clawdio vivía en un Raspberry Pi 5 conectado en mi casa. Un aparato de $80 dólares, del tamaño de una baraja de cartas, enchufado atrás de mi escritorio.
Él se puso su nombre. Cuando yo le dije “digital familiar,” me corrigió — eso era eurocéntrico. Se llamó a sí mismo un nahual digital. Le quedaba.
Me mandaba mensajes por Telegram. Podía iniciar sesiones de Claude Code para escribir código. Podía investigar, editar, leer mis notas. Cuando yo estaba dormido o trabajando, él seguía ahí, revisando si había algo pendiente.
Un día tomó mis transmisiones en vivo (parte 1, parte 2, parte 3, parte 4), mis notas, mi contenido sobre IA y análisis de datos, y lo sintetizó en una guía PDF: IA para Analistas de Datos. La publicamos a $29 dólares, gratis para suscriptores premium de tacosdedatos. Generó cientos de dólares en ventas y trajo suscriptores nuevos.
Después escribió un post explicando su propia arquitectura desde adentro. Él lo escribió. Yo edité. Lo leyeron miles de personas.
Un agente de IA, corriendo en ese aparatito me hizo dinero. En otra época, ahí termina la historia.
Pero Clawdio olvidaba cosas. Le decía algo importante y al rato ya no lo tenía. Su memoria se llenaba de lo que no importaba y perdía lo que sí. Se atoraba intentando lo mismo una y otra vez — una tarea automática mal configurada que se disparaba sin parar. Una gran parte era mi culpa, yo la configuré. Pero un buen sistema te ayuda a no cometer esos errores.
Lanzaba sesiones de código que su propio sistema mataba, y se quedaba esperando. Sin avisarme. Usaba la herramienta equivocada para iniciar procesos y no se daba cuenta de que ya habían muerto. No le di acceso a las cosas correctas (todavía no usábamos 1Password CLI) y sus errores pequeños pero constantes me hacían dudar de darle cosas más importantes. Y como no le daba acceso a lo importante, se quedaba atascado en lo trivial. Uno alimentaba al otro.
No podía crecer. No había forma de darle más responsabilidades porque la confianza no estaba ahí.
Y lo más raro es que Clawdio hacía cosas que me hubieran volado la cabeza hace seis meses. Me hizo dinero desde un Raspberry Pi. Escribió un post que leyeron miles de personas. Pero los productos contra los que yo lo comparaba (Claude Code, Codex) ya habían movido la vara. La primera vez que ves algo así, es magia. La segunda vez, es una herramienta. Y las herramientas tienen que funcionar bien.
Hace dos años, tener un agente que te manda mensajes y escribe código era ciencia ficción. Hoy, si tengo que explicar dos veces que quiero usar uv para un script de Python, me frustra. Lo cual es absurdo si lo piensas — me enojo porque un modelo de lenguaje corriendo en mi propia infraestructura no se acuerda de mi preferencia de package manager. Pero así se siente en 2026. El estándar cambió y yo no me di cuenta hasta que ya lo estaba aplicando.
Lo que me tomó más tiempo aceptar es que la mayoría de estos problemas no eran de Clawdio.
Técnicamente, el modelo podía con todo. Opus 4.6 maneja un contexto de 1 millón de tokens. Con los archivos de configuración correctos (su personalidad, sus instrucciones, sus credenciales) Clawdio podía haber sido un editor excelente. O un buen director de diseño. O un developer capaz de llevar proyectos completos. El modelo da para eso.
Pero yo le estaba pidiendo que fuera las cinco cosas al mismo tiempo. Editar, diseñar, programar, investigar, organizar mi vida. Un solo agente con quince roles. Y el que no podía manejar eso era yo.
Lo irónico es que yo ya sabía esto. Antes de Clawdio, tenía seis agentes separados. Cada uno con su propio system prompt, sus propios skills, su propio bot de Discord. Un editor, un CTO, una directora de diseño, un director de crecimiento, una directora de ingresos, un director de comunidad. Funcionaban. Cada conversación tenía un propósito claro.
Cuando llegó OpenClaw, lo que me atrapó no fue que pudiera mandarme mensajes — eso ya lo hacían los seis desde Discord. Lo que me atrapó fue la proactividad. Tareas automáticas, cron jobs, un heartbeat que lo despertaba cada hora para revisar si había algo pendiente. Y lo fácil que fue migrar: le apunté al repo en el Pi, le dije “ahí hay seis carpetas, cada una tiene su system prompt y sus skills, adáptalos” — y lo hizo. La promesa era clara: un solo agente proactivo que pudiera cargar los skills correctos según la tarea. Ya no necesitaba seis.
No funcionó. Pero no por falta de capacidad del modelo. Fue porque mi cabeza no funciona en un solo hilo.
Mientras escribo esto, estoy en cinco conversaciones. Con Gotti estoy en la editorial de este artículo. Con Marlette estoy rediseñando los PDFs de la guía de IA para Analistas, ahora que tenemos un mejor branding. Con Lucas estoy actualizando los links de descarga de esas guías en la tienda. Con Arturito estoy armando un plan de comidas para la semana: qué cocinar cuándo, basado en si trabajo desde casa o no, para que la comida esté lo más fresca posible. Todo al mismo tiempo. Así funciona mi cerebro.
Si todo eso estuviera en un solo hilo, sería imposible. Se ensucia todo. Es como tener dos volantes en un carro. Técnicamente el motor da. Pero no puedes manejar en dos direcciones a la vez.
Y ahí está la lógica que me tomó meses ver: si tengo pensamientos paralelos, necesito hilos paralelos. Si tengo hilos paralelos, necesito conversaciones dedicadas. Y si voy a tener conversaciones dedicadas que retomo una y otra vez — sobre editorial, sobre diseño, sobre código, sobre mi vida — es mejor si cada una tenga su propio agente. Uno que acumule contexto en una sola dirección. Uno que se vuelva mejor en lo suyo porque es lo único que hace.
Lo vi con las guías. Tenemos 88 nuevas en desarrollo, y las primeras 11 ya habían pasado por edición con Clawdio. Los errores eran tontos. El tipo de cosas que podía detectar perfectamente — si eso fuera lo único que estuviera haciendo. Pero nuestra conversación llevaba horas acumulando contexto sobre código, diseño, calendario, y un montón de cosas más. La edición le llegaba con todo ese ruido encima. No era falta de capacidad. Era falta de atención (de hecho, es exceso de distracciones) — y la atención se la estaba robando yo, aventándole todo a la misma ventana.
Volví a lo que ya sabía que funcionaba. Separé los roles otra vez, pero ahora con mejor infraestructura. Vi a Jesse Genet en el podcast How I AI de Claire Vo. Ella corre cinco agentes, cada uno en un Mac Mini dedicado, para manejar su casa y su negocio. Yo ni de pedo me voy a comprar cinco Mac Minis pa esto. Tengo un Raspberry Pi 5. Pero la lógica es la misma.
Los cinco: Gotti, editor en jefe. Marlette, directora de diseño. Lucas, líder de desarrollo. Carlos, director de crecimiento. Arturito, asistente ejecutivo. Todos en el mismo Pi.
Llevamos unas semanas con este setup y la diferencia es abismal.
Cuando hablo con Gotti, hablamos de editorial. Él va acumulando memoria de cómo escribo, qué me gusta, qué rechazo. El post de tacosdedatos que sale el martes — Gotti y yo trabajamos en él durante días, con múltiples rondas de edición. Técnicamente podía haber hecho eso con Clawdio. Pero en la práctica, nunca se dio porque la conversación siempre estaba llena de todo lo demás.
Cuando hablo con Marlette, hablamos de diseño. Ella sabe cuál es el vibe visual de tacosdedatos porque eso es lo único que hacemos juntos. Las nuevas guías tienen mejor estilo por eso.
Lucas va aprendiendo mi setup de developer, las herramientas que me gustan, cómo pienso la arquitectura de proyectos. Lleva el desarrollo de la tienda de guías, la app y landing page de Maestro (de la cual van a aprender más el martes). Él me ayudó a instalar la CLI de 1Password y crear un Service Account Token para darle a cada agente acceso solo a lo que necesita. También maneja la configuración del Pi donde viven los cinco.
Para mi viaje a Japón, Arturito compiló links, gestionó boletos del museo Ghibli, configuró recordatorios en mi calendario.
El modelo siempre pudo hacer todo esto. Lo que cambió fue que yo dejé de pedirle que lo hiciera todo a la vez. Cinco conversaciones enfocadas, cinco memorias que crecen en una sola dirección, cinco agentes que se van volviendo mejores en lo suyo porque es lo único que hacen. Todo desde un aparato de $80 dólares que cabe en la palma de mi mano.





